
La labor del pastor va más allá de la del maestro, el buen pastor “su vida da por el rebaño”, la alimenta, la cuida, gobierna correctamente y en vez de ser motivado por un salario, su galardón lo recibe del “Príncipe de los pastores”.
El maestro en el aula puede ser un verdadero pastor, si tiene la visión y el sentir de Cristo por sus alumnos.
El Apóstol Pedro nos enseña en su primera epístola el cómo poder atender correctamente a las vidas que Dios a nuestro cuidado, por lo que a continuación analizaremos lo que el texto de: 1ª. Pedro 5:2-4, tiene para la vida de un maestro – con corazón pastor.
“Apacentad el rebaño de Dios que está a vuestro cargo, cuidándolo no por la fuerza, sino de buena voluntad según Dios; no por ganancias deshonestas, sino de corazón; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cargo, sino como ejemplos para el rebaño. Y al aparecer el Príncipe de los pastores, recibiréis la inmarchitable corona de gloria.”
Recordemos las palabras de nuestro Señor a Pedro, “Jesús dijo a Simón Pedro: –Simón hijo de Jonás, ¿me amas tú más que éstos? Le dijo: –Sí, Señor; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos”, la frase fue repetida en tres ocasiones, con lo cual nuestro Señor le mostró que la forma de mostrar el amor por Él, era apacentando las ovejas. El Señor continúa hablando, ahora no a Pedro, sino al maestro que se encuentra pastoreando un aula de clases, diciéndole: ¿……. me amas?, no solamente les impartas una clase, ellos tienen necesidad de: “Su Palabra”.
APACENTAR: Lo primero que le es encomendado al pastor – maestro es la labor de alimentar el alma y corazón de sus alumnos, la palabra griega Poimaino, significa alimentar, suplir lo necesario y también gobernar.
CUIDAR: La palabra utilizada por el Apóstol Pedro para cuidar fue: Episcopio que quiere decir: Inspeccionar, supervisar cuidadosamente.
Muchas veces el maestro no está pendiente del alumno, su carácter, conducta, vida espiritual etc. Y simple y sencillamente se dedica a sus propios intereses, es por esto que necesitamos tener un corazón de pastor, para poder velar como quienes daremos cuenta por el alma de nuestros alumnos, el escritor de la Epístola a los Hebreos expreso:
” Porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta” El maestro que vela por sus alumnos sabrá enviar al mismo a la atención más especializada que el mismo pudiera necesitar, tal como: Consejería Pastoral, personal o familiar, atención psicológica, educación especial, atención médica, etc.
GOBERNAR: Se dice que existe una diferencia entre las cabras y las ovejas, las cabras no obedecen a la voz de su pastor como las ovejas, la pregunta es ¿que tipo de rebaño es nuestra aula?, en el libro del Cantar de los Cantares, el amado representando a Cristo le dice a la Iglesia: ” Si no lo sabes, oh la más hermosa de las mujeres, sigue las huellas del rebaño y apacienta tus cabritas cerca de las cabañas de los pastores.”
La escritura acá nos presenta a un rebaño de cabritas, me pregunto: ¿cuántas aulas no parecen un rebaño de cabritas?, pero preguntémonos porque ¿cómo se volvieron indómitas como las cabras?, creo que la respuesta es: “La indulgencia”. Se pueden tener todas las reglas, manuales disciplinarios, pero mientras no se considere el carácter indulgente, falto de firmeza como aquello que necesita ser crucificado, seremos excesivamente tolerantes. El maestro indulgente, permite que la clase se desordene y cuando la misma está fuera de control, se exaspera, grita y ofende a los alumnos. El pastor necesita el carácter balanceado de Cristo, es decir su bondad, ternura, mansedumbre, gentileza y su firmeza, justicia y severidad
LA RECOMPENSA: Existen distintos tipos de motivaciones que llevarán al maestro – pastor a Apacentar, Cuidar y Gobernar a la manera de Dios un aula de clases, pero el mayor galardón que podamos recibir es el descrito por el Apóstol Pedro: “Y al aparecer el Príncipe de los pastores, recibiréis la inmarchitable corona de gloria.” (1ª. Pedro 5:4)
Todos los galardones que en esta tierra pueda alcanzar un pastor, no son comparables al que Cristo tiene preparado, para los buenos pastores.